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martes, 3 de noviembre de 2015

LUISA, LA TIA HIPÓCRITA (primera parte) - Por Mª Pilar Beorlegui Bariain




Hace media hora estaba rebosante de satisfacción: en sólo una semana he logrado la venta de tres coches, aunque la guinda ha sido el último, un Audi9 última generación. Esto podría valerme el nombramiento como Jefe de Ventas por parte de Enrique, el director del concesionario, ante las caras verdes de envidia de mis compañeros Claudio y Damián...Podría, digo, de no ser por la inoportuna llamada de Merche, mi cuñada. En ella me informa que, por fin, puedo hacer realidad el gentil ofrecimiento que le hice a Oscar, su hijo, mi sobrino, de uno de mis riñones y que debo ingresar en La Paz de inmediato. 

¡Qué contrariedad!

Una vez llegada allí, Carmen, la enfermera, me conduce a la sala número 4.
- Aguarde ahí, con sus compañeros, hasta que se les llame. -y se retira.

Ante mi estupor, encuentro a Roberto, novio de Amaya, amiga de Merche, un joven de buena presencia, lo admito, pero que no me cae bien, porque es un oportunista que pretende sacar tajada de todo. De hecho, me temo que vaya con Amaya porque su padre tiene más pasta que un torero, así que barrunto que si está aquí es por sacar una respetable ganancia. 

También está  Patricia, tía de Oscar, pero por la otra parte, es decir, de la de Merche, y no de Antonio, que es mi hermano. Y esta repelente y puntillosa metomentodo ¿qué pinta aquí? Si nunca le he visto menear un dedo por nadie ni fregar un plato, eso sí, tiene la manía de comer con cubertería de plata, porque se la friega la muchacha. ¿Acaso pretende dar instrucciones de cómo he de comportarme antes de que me rajen?

- Buenos días,- saludo a mis dos interlocutores, que me miran de arriba abajo.
- Buenos días - me responden esbozando una forzada sonrisa, cada cual a su estilo.

- Y a vosotros ¿qué os trae por aquí?
- Pues lo mismo que a tí, Luisa. Donar nuestro riñón para Oscar - suelta Patricia con socarronería-
- ¿Cómo? ¿Vosotros dos también?
- En principio somos tres - dice Roberto-, pero también ha sido llamado Carlos. Lo que ocurre es que se ha marchado porque le han llamado urgentemente del banco de sangre.
¡El que faltaba! me digo en el colmo del asombro. He visto revolotear a este tipejo en todas ocasiones habidas y por haber en casa de mi cuñada. ¿Qué busca Carlos ? ¿Por qué Merche es tan estúpida de contar con este don nadie en una circunstancia así? Aunque tampoco me explico que cuente con los otros dos...

En ese momento, entra Carmen, la enfermera,  que anuncia:

- Señoras y caballero: Ya saben que Oscar necesita el riñón, y el chico espera ingresado en una de las plantas para hacer las pruebas pertinentes antes de proceder al implante. En cuanto a Udes., el hospital  estima y así se lo pedimos a Merche en su día que era  conveniente que hubiera más de un donante. Por eso están Udes. aquí, incluso el caballero que marchó a toda prisa, quien ha asegurado que mañana contemos con él. Sí. Mañana mismo Udes. deben comparecer a las ocho de la mañana aquí en ayunas, porque tendrá lugar una analítica, que es la que revelará quién va a ser el donante de Oscar. Por la tarde se le practicará la extirpación. Muchas gracias a todos.
Los tres nos miramos perplejos. Mis interlocutores, al igual que yo, guardan silencio. Carmen sonríe, porque lee el pasmo en nuestra cara, y trata de animar:
- Vamos, vamos. Estoy segura de que Merche estará muy contenta al saber que los cuatro hayan llegado hasta aquí, sin mediar excusas. A mi me llena de orgullo contar con personas como Udes. Les propongo que cenen ligero, se tomen una tila y traten de descansar lo mejor posible.

La muy cretina, lo suelta como si tal cosa... ¿Acaso puede estar alguien tan feliz sabiendo que le van a quitar algo tan importante como un riñón? Por algo está el dicho: cuesta un riñón. Lo que pasa es que fuí imbécil el día de Reyes, cuando al ir a merendar el rosco, no llevé nada con qué obsequiar a mi ahijadito del alma. Y y cuando ví su cara interrogante de quince años, no supe qué argüir: "hombre, Oscar, tú eres mayorcito para juguetes, pero mira, el mejor regalo es una parte de tu tía: te asigno uno de mis riñones para cuando te llamen, cielo" le dije con voz temblorosa, ante su sonrisa angelical y la lagrimita de Merche. Y claro: tenía que llegar el día.

Salimos todos. Nos despedimos con una forzosa cortesía y quedamos en vernos a la mañana siguiente. Ya sola y en el coche, me digo una y mil veces que no, que no quiero hacerlo. No quiero desaprovechar la magnífica oportunidad que tengo en el trabajo, y me niego a tirarla por la borda. Hay tres riñones más, y tengo que echar el resto para que desechen el mío. Mi tabla de salvación es la analítica. Así que voy a informarme sobre los requisitos para que salga desbaratada.

Efectivamente. Ya sentada ante mi ordenador, descubro con alborozo que una diabetes o un azúcar sumamente alto es causa para no poder ser donante de riñón. Así que me voy al súper de abajo, me compro dos bandejas de pastelitos, seis cocacolas y dos tabletas de chocolate. Me doy un banquete suculento, saboreando de antemano el  estrepitoso resultado de mañana... Y ahora sí, me duermo tranquila.

Llega la mañana. Son las seis y media. ¡Cuanto me ha costado  conciliar el sueño, por culpa de las cocacolas, pero ya hacia las dos me dormí  de un tirón. Tengo tiempo. Tengo una sed de camello, pero no pienso beber ni gota, no sea que el agua reduzca el nivel de azúcar que debo tener. Aunque me siento rara ¿no me dará algo? Espero que no, pero por si acaso, tomaré la precaución de coger un taxi y no ser yo quien conduzca. Me ducho y me pongo un conjunto discreto pero elegante. Me maquillo sin prisa y trato de atenuar las terribles ojeras que observo. Aun me queda un tiempo. Escucho la radio, a Carlos Herrera y me disipo... Hasta que me doy cuenta de que son las siete y cuarto. Llamo al taxi. Bajo y aparece en dos minutos.

Ya estoy en la sala de ayer. Al tiempo aparecen los otros tres citados. Esta vez saludo a Carlos, a quien ayer no ví. Este se muestra efusivo,  como si fuese el alma de la fiesta, si a esto se le puede llamar tal. Roberto le mira con cierta frialdad. Patricia suspira con dramatismo. Al final, entra una enfermera y anuncia que ella es la encargada de sacar sangre. Yo soy la segunda. Pero los cuatro aguardamos, hasta finalizar el proceso.    

continuará...


Mª Pilar Beorlegui Bariain



lunes, 5 de octubre de 2015

BIENVENIDO OTOÑO




A tu contacto dulce otoño, con mis sentidos,
rebervera entero mi ser conmovido;
siempre fuiste en mi fuero bien acogido,
aunque conservas el magistral poderío
de sorprenderme como recien surgido.
De mañana, la tierra fuma la tenue neblina
prodigando inasibles tules a la naturaleza dormida;
y cuando se esfuman los sutiles lienzos
un despliegue de vegetación extasía mi mirada:
los árboles, como soldados en formación, según especie,
presagiando el fatal destino de sus caducas hijas,
se obstinan en mostrar el esplendor que encierran
en un alarde apasionado con tintes dorados, naranjas y carmesís,
olvidando su verde inmadurez;
en el culmen de su frenesí, irrumpen en lágrimas postreras
que oscurecerán nuestras pisadas y el aguacero...
Atardece; los cielos cobran impactantes retazos de pintor que desvaría,
porque los genios sorprenden y sobrecogen; como estos cielos,
obra de un creador único que estremece mi pupila;
me seducen con su magia multiforme y colorista
provocando los sueños más inusitados: soy amazona que cabalga
entre nimbos desafiando al viento, con increíbles saltos de uno a otro,
surcando continentes, alcanzando el confín del mundo...
Evoco otros otoños cuya brisa huele a borrasca y el viento rezuma lluvia,
incitando a los enamorados a tomarse del brazo,
a inclinar sus cabezas a unísono para sentir el pulso del amor
y a responder al incendio de sus labios y mojarse en el agua de su boca.
Otoño dulce, ardiente y cargado de ensueño:
que tu presencia colme mi sed de absorber belleza
y cargarme de sensibilidad cuando mi ser se halle inerte, indiferente.

- Mª Pilar Beorlegui Bariain

lunes, 8 de junio de 2015

EL ULTIMO EN REIR (Capítulo I - Mª Pilar Beorlegui Bariain)




La imprecación que sale de mi boca es el fiel reflejo de la furia que habita en mis entrañas. Me llamo Jorge y me encuentro de  ante la pantalla de un cajero. El escueto saldo disponible en mi cuenta me confirma por cuarta vez en esta semana que el cretino de mi jefe coontinúa sin abonarme la nómina. Es una jugarreta que se viene repitiéndo cada dos meses, pagando al siguiente, y vuelta a empezar. Con ello el muy canalla se siente a salvo de verse denunciado por los trabajadores, puesto que no incumple la ley vigente que lo permite cuando se adeudan a partir de tres. Este comportamiento supone una contínua humillación tanto para mí como para mis compañeros, porque tengo que hacer malabarismos cada día para poder comer, pagar el alquiler y llenar el depósito de gasolina para acudir al trabajo. No puedo permitirme irme de cena con la cuadrilla y me muchas ocasiones me veo obligado a tirar de pequeños préstamos familiares y de amigos. Sin embargo, el Sr. Víctor Pedreras, es decir, el dueño de la empresa donde trabajo, no ve mermada su calidad de vida, puesto que acaba de cambiar su anterior BMW320 por un Audi9 de última gama. Todo ello por no hablar de su magnífico piso en el centro de la ciudad, ni de su chalé en Baztán. El chalé... ¡cuando pienso en las horas que nos temos tirado Sergio, David y yo trabajando gratis en la instalación eléctrica, los paneles térmicos y las placas solares...! Y menudo morro le echa a lo que él denomina "viajes por expansión de negocio", y con esa excusa vive a papo de rey visitando lugares como Nueva York, Viena, Pekín y Tokio. ¿Y qué ocurre cuando, al cabo de mes y medio requerimos una explicación porque todavía no hemos cobrado? Pues que desde dirección se nos comunica que "lamentan no poder pagar hasta que lo hagan los clientes, porque el dinero que hay está reservado para pagar el suministro de material, ya que de otro modo no tendríamos trabajo. Paciencia, que pronto cobraréis"
No puedo más. Me invade la indignación. Durante los cuatro años que llevo en la empresa, me he debatido entre la educación recibida por mis padres y la injusticia que percibo por parte de mi jefe . En mi casa ha prevalecido el orden y el respeto, la obediencia a reglas éticas y morales. Pero ante leyes inaceptables y conductas intolerables ¿qué hacer? Salgo a la calle furioso. Trato de serenarme y enciendo un cigarrilo. Me vienen a la mente los dos compañeros con los que más confianza tengo y que son los que me acompañaron a hacer el trabajito extra. Tanto David, bravucón por naturaleza, como Sancho, juerguista empedernido aunque imposibilitado por las circunstancias, me tienen dicho que hay que actuar de forma contundente. Tanta burla acumulada tiene que tener un final, y de algún modo hay que dar un escarmiento. Pero ¿cómo? No se trata de pinchar las ruedas, ni de producir menos ni de hacer huelga, que sólo redundaría en más pérdidas para nuestros  bolsillos. No; se trata de cobrar lo nuestro. ¿No ha dicho Agustín, el encargado, que este fin de semana toda la familia iba a visitar la feria de Milán ?.  Saco el móvil y al instante escucho una voz:
- ¿David? Salgo del cajero y nada, chico. ¿Tu tampoco? Si,si, ya. Oye, se me ocurre una cosa: ¿Por qué no vamos mañana los tres al chalé ?. Yo tengo llave, porque me hice copia. ¿La alarma? Conozco sistemas para inutilizarlas y ...¿cómo? No, no se si tiene caja fuerte, pero si no, lo vamos a cobrar en especie: aparatos, cuadros, joyas... ¿estás conmigo? ¿Si? Vale. Pues mañana , puesto que la familia está  fuera,  vamos con la furgoneta de mi hermano. Avisa a Sancho, y quedamos a las tres en el bar Amaya y de ahí salimos hacia Baztán. Ya me encargo yo de llevar ropas y material.
A continuación, marco el número de mi hermano Pedro, que es el dueño de la furgoneta y se la pido con la excusa de trasladar unos muebles a casa de un amigo.
Es sábado. Los tres amigos nos saludamos y entramos al bar. Es palpable la excitación que sentimos ante lo que vamos a acometer. Pedimos un café y nos sentamos en la mesita del fondo para evitar ser  oídos por la clientela.
- ¿Dispuestos a llevar a cabo cueste lo  que cueste? - pregunta Sancho con sonrisa burlona.
- ¡Aunque tenga que llevarme por delante a quien sea! - responde categórico David.
- Sí, -intervengo- pero siempre y cuando llevemos el plan al pie de la letra, si no, fracasaremos. Entraremos por la parte trasera y dejaremos la furgoneta escondida en el hayedo que  hay a 100 m del seto. Saldremos del coche con los buzos puestos y tambien con guantes y capucha  ¿está claro?
-De acuerdo, pero siempre y cuando aseguréis que después nos correremos una juerga descomunal -exige Sancho.
Y los tres soltamos una carcajada.  Después, una vez en la furgoneta, vamos repasando las instrucciones sobre un plano que conservábamos.Esta noche he estudiado detenidamente los pasos de instalación de diversas alarmas; incluso he pensado en la posibilidad de que el propietario haya podido instalar alguna otra cámara supletoria y por eso he estimado conveniente el uso de las capuchas.
 Llegamos  al punto de destino que es un hermoso chalé independiente situado en una bifurcación anterior a la entrada del pueblo. Un paraíso de naturaleza de un verde espectacular con vista a montes del bajo Pirineo. Un terreno parcelar de 1900 m2 y 286 m2 de casa dividida en dos plantas.  La cancela está abierta. No se ve a nadie por los alrededores. Aparcamos la furgoneta en el lugar previsto, fuera de la vista de la carretera y de cualquiera que pudiera pasar. Salimos  uniformados, enguantados y encapuchados, tal y como lo requiere el plan. Una vez dejada atrás la cancela, nos acercamos hasta el porche, lugar donde está el dispositivo de la alarma. Abro la compuerta y examino el sistema. No parece complicado. Acciono unos cables y finalmente escucho un "ploc" e inmediatamente se apaga la luz verde. Listo: está desactivada. Suspiro de alivio. Sólo hay que sacar el juego de llaves para abrir la puerta. Espero no hayan cambiado la cerradura. Afortunadamente, se abre. Ya está. Si no fuera por los guantes los tres nos frotaríamos las manos. Estamos dentro de la casa. Huele a limpio y un poco a cerrado. Son las cinco de la tarde y hay luz, aunque dentro de una hora, el sol  declinará.  Para entonces, habrá que desvalijar cuanto sea posible. Lo primero que  apreciamos  es la sala de estar, que está en perfecto orden. Lástima tener que revolver un recinto tan impoluto y con tan buen gusto decorado...!. Pero qué diantre, hay que cobrarse la deuda, y a buen seguro que ni el caradura Pedreras ni su familia se molestan un ápice en limpiar esta preciosidad, porque lo hará personal a su servicio para ello. Así que:
- Tú y yo la planta baja -le digo a Sancho  sin mencionar su nombre para evitar posibles inconvenientes- y tú a la planta de arriba -apunto a David- . Si algo se resiste, silba.
Y así comienza la inspección. Abrimos puertas, cajones, palpamos paredes, miramos detrás de los cuadros... Encuentro una pequeña caja fuerte en un cajón. Al forzar la cerradura con un destornillador, consigo abrirla, pero no hay gran cosa: unos 200 euros. Al cabo de 25 minutos lo único que nos ha parecido viable y de cierto valor han sido  dos  televisores, dos tablets, tres cuadros  y un reloj de pulsera... Me estoy desmoronando y a juzgar por la caída de brazos que observo en mis compañeros, intuyo el desencanto general.  En ese momento, se escucha ruído de motor. ¡Sin duda es un coche, y está entrando por la puerta de entrada al jardín!. Se escucha un portazo y alguien sale  del coche.Nos miramos desconcertados y nos agachamos. La persona se  dirige al porche para desactivar la alarma y comprueba que está apagada se queda quieta unos instantes. Luego se da media vuelta y camina hacia la puerta de la vivienda.
- Y ahora ¿qué hacemos?- exclama Sancho.
- !Rápido, al baño! - es lo único que se me ocurre.
 Va a entrar. En efecto. Es una joven. No sale de su asombro ante lo que contempla: Una sala desvencijada, con claros que denuncian  la ausencia de los objetos que habitaban encima.
- ¡Dios mío! ¡Ladrones!
Horrorizada se da media vuelta para huir, pero en ese momento, salen los tres y corren tras ella. La alcanzan y vuelven a meterla en la casa. La joven se debate y grita desaforadamente. La vista de tres encapuchados con tan burdo atavío no hace sino acrecentar su espanto. Sancho le tapa la boca y David la amordaza con su propio pañuelo de cuello.
-¡Calla, estúpida, o no respondo de mí! -espeta David.
- Joder, ahora sí que estamos listos! ¿Y qué hacemos con ella? -inquiere Sancho.
Yo, en el colmo de la confusión y contrariedad, en un alarde de coraje que ni yo creía, suelto:
- Pues  ¿no queríais pasta? ¡Este será nuestro botín! Pediremos rescate por ella.
Los ojos verdes de la chica se abren desmesuradamente, clavándose aterrada en los míos. Rechazamos los enseres voluminosos y nos reservamos los minúsculos. Luego esperamos a que las sombras de la noche nos cobijen para ocultar nuestra fechoría. Salimos con la chica que se resiste inútilmente.  Es un secuestro. Para ella comienza una epopeya que marcará su vida. Para mí el comienzo de la peor pesadilla.

lunes, 25 de mayo de 2015

RASGUEO DE GUITARRA - Mª Pilar Beorlegui Bariain




Rasgueo  de guitarra  asaltando el alma, cascabeles en el corazón, escalofrío de terciopelo. Erupción de los sentidos...
Sopla el viento del sur en una noche de abril pespunteada por tenues farolillos ofreciendo al cortijo fantasmagórico semblante.
Se vislumbra en el centro  un patio con pozo jalonado de incontables macetas de geranios, y en un punto concreto, sentado el artista entregando su alma a la reluciente caja de noble madera, voluptuosas curvas y boquiabierta entraña. Con reverencia, musita un misterioso cumplido, la abraza y comienza su juego acariciando sus cuerdas, consigue la venia y ataca arrancando dulces gemidos de su esencia de mora...
Rasgueo de guitarra, y en sus notas se eleva un hechizo en la noche que agita la azul penumbra y perfila las siluetas oscuras de un galán esbelto y la de una morena azabache, diosa andaluza de armonioso e insinuante cuerpo. Dos corazones que tiemblan a unísono,  conmovidos por el maestro y la cautiva.
El mozo se aproxima con cautela hasta rozar como pluma de ave un brazo de la muchacha; ésta simula oposición inoperante, y tras este gentil consentimiento, posa su mano osada en el grácil talle que se estremece, apoya su rostro contra el suave cuello que jadea, susurra un sortilegio al oído que la derrota y abrasa y ambos resuelven perderse entre los jacintos, fundirse en un prolongado abrazo con sabor a sal y azahar. Rasgueo de guitarra y la luna ataviada de refulgente plata es testigo de la ardiente pasión con que son conquistadas guitarra y amada...
Tal vez mañana, tras el alba, y cuando el sol luzca a raudales, tan sólo queden unos ojos verdes de extinto fulgor que ya no recuerden nada, una niña que no se cansa de soñar y una guitarra abandonada, en un eterno bostezo, hasta que sus cuerdas vuelvan a ser rasgadas.