viernes, 15 de mayo de 2015

Doce



Y por fin hundí el puñal.

Ella me miró como agradeciéndolo, fue algo muy extraño. Pensé que era yo el que interpretaba esa expresión en su cara, nunca podré saberlo porque ahora esos ojos ya no tienen vida. Probablemente fui yo, porque sé que padezco una enfermedad y, por momentos, desconfío de mí mismo. Es igual. Fue sublime. No olvidaré nunca lo que acabo de hacer. Son las doce y doce minutos y me siento pletórico. La sangre recorre mis manos y una luz —porque esta luminosidad en la punta de la daga no puede ser otra cosa— resalta las gotas rojas que caen desde la punta de mis dedos hasta la comisura que los une a la palma. La miro y veo una obra de arte. Ella es única, es la mejor de todas, es mi obra suprema, es la número doce.

Todas las anteriores fueron bellas, fueron musas, algunas morenas, otras no lo sé, pero fueron el camino necesario para ella. Y siempre lo supimos los dos. Siempre supimos que este día llegaría, como cualquier otro día importante, porque es único, es singular y me hace sentir más radical de lo que sé que me sentiría cualquier otro día en el que dejara esas malditas pastillas que sólo tomo para sentirme más estúpido y menos yo, ese que soy ahora, ese que ve la luz, ese que siente el calor cayendo por sus manos, ese que te mira como a una estrella de cine, porque eso eres preciosa, mi número doce.

Ayer fue once y era imperfecto, no podía ser ayer y por suerte no tuvimos que hacerlo, tampoco en noviembre ni el año pasado cuando nos conocimos. Sé que querías que llegara este momento y estabas ansiosa —puede que hasta más que yo aunque lo dudo—, pero no podía ser en otro momento, no podía ser porque no habría significado nada para ninguno de los dos. Estás hermosa así con tus ojos rasgados, estás… Déjame que lo escriba, déjame que deje la marca que comentamos. Nunca habrá una trece, nunca habrá otra más, porque así lo planeaste, así me lo insinuaste al oído sin que yo me enterara que eras tú la que me lo decía, pero me lo dijiste, esa sonrisa que ha quedado dibujada en tu cara es marca indeleble de lo que querías.

Quiero que estés bien, estés donde estés, porque sé que estás aún en algún lado que no puedo ver. Cruzaste la puerta seguramente y no podía ser en otro momento, como me dijiste, aunque tu voz lo negara, aunque anoche te arrepintieras y gritaras y suplicaras y fueras débil y creyeras que todo esto había sido un error, una enfermedad como la mía. Todo se aclaró esta mañana, como sabíamos que iba a pasar, porque era el momento señalado, no hizo falta hablar, no hizo falta más que esta daga, la número doce, la que tú elegiste hace doce meces, la que guardábamos tan cerca nuestro mientras hacíamos el camino hasta aquí. Tus ojos siguen tan abiertos como cuando gritaste de dolor con la primera puñalada, tus ojos siguen entreabiertos como cuando te di la última. Tranquila mi amor, hemos terminado. Ya son las doce y cuarto. La puerta se ha cerrado, hazme saber como sea que todo se ha cumplido, házmelo saber por favor. Y si no lo haces, no importa, sabré siempre que hice lo que tenía que hacer, porque tú me elegiste y, como todos los que me conocen saben, yo siempre doy a cada uno lo que necesita. Un beso, estés donde estés.
Pernando Gaztelu

jueves, 14 de mayo de 2015

Esperanza (2)




 Salinas tocó fondo. Llevaba varias semanas luchando contra una enfermedad que amenazaba con transformarse en crónica. Había superado un cáncer y el alcoholismo, pero esto era algo peor y amenazaba con destrozar su vida para siempre. Salinas estaba a punto de transformarse en un zombie, un autómata. El que una vez fuera un héroe —al menos en su interior— ahora estaba derrotado por la rutina.
 El recuento de horas daba negativo se mirase como se mirase. Salinas era un hombre culto, deportista y creativo. Todo eso había desaparecido en ocho, tal vez diez semanas. No había tiempo para leer, hacer deporte y menos para escribir teatro o música, sus grandes pasiones. Estaba absorto, imbuido en una mezcolanza de trabajo, familia, amigos y quehaceres sociales que no tenían ni pies ni cabeza pero que implicaban en su conjunto las veinticuatro horas del día. Largas jornadas, una tras otra, destruyendo poco a poco la salud mental del pobre hombre.
 Y entonces apareció Esperanza.
 Llevaba tiempo sin verla, probablemente porque él la evitaba. Esperanza es de esas mujeres que vale la pena evitar. Tiene poderes y no son, digámoslo así, nada saludables para hombres como Salinas.
 Salinas conocía a Esperanza desde hacía muchos años. Habían coincidido en algún trabajo, en un club, casualidades de la vida. Hola-qué-tal, algunas reuniones coincidiendo con más gente como ella o como él, pero poco más. Una relación limpia y relativamente distante. De todos modos Salinas sabía mucho más de Esperanza de lo que ella pensaba. Conocía sus trapos sucios, esos que más de uno habría pagado millones por conocer, oscuros secretos personales. Ella había sido uno de sus primeros objetivos de caza, aquellos para con los que nunca tuvo las agallas (o la preparación necesaria) para arremeter y darles el merecido premio —ya imagináis a qué eterno premio me refiero.
 No lo había hecho porque apuntar tan alto suele significar apuntar a morir, y Salinas era demasiado inteligente como para comenzar una caza que no podría acabar. Ahora, veinte años después, todo era de otro color. Llevaba en su haber unos cuantos ajusticiados y podía permitirse «estudiar el caso» con algo más de detenimiento. De todos modos era justo lo que necesitaba, volver a ponerse manos a la obra. Leer, hacer deporte, escribir algo. ¿Qué mejor que hacer un poco de inteligencia en la esquina de  Esperanza para volver a ganar confianza en sí mismo?
Menudo error.
Mil horas invertidas investigando directa e indirectamente a la maldita mujer fueron un infierno. Salinas no sólo había perdido el ritmo de trabajo, sino que había escogido a la víctima más escurridiza, inteligente y bien preparada que jamás hubiera podido escoger. Subestimó a Esperanza creyendo conocerla y resultó que sólo conocía a la Esperanza de dos décadas, aquella mujer con más empuje y carácter que otra cosa. La contrincante contra la que luchaba ahora conocía cada pequeño escondrijo en el sistema y manejaba un nivel de información tal, que más que aliados, tenía súbditos en su propio partido. Es más, Salinas llegó en pocas semanas a la conclusión de que ella ya no formaba parte del partido al que decía pertenecer, ella era una «mercenaria» luchando en un grupo con el que ya tenía poco que ver.
 Noches oscuras, infiltrados de su entorno (¡incluso familiares suyos!), soplones, mucho frío y nada, ni una mísera mancha que pudiera evidenciar claramente el perverso plan de la víctima. ¿Cómo era posible que no hubiera nada de nada donde había existido todo de todo? ¿Se habría transformado en una política legal?
 Salinas no salía de su asombro y su corazón justiciero no daba crédito a lo que la investigación sacaba a la luz. Esperanza no era una persona normal, había muchos, muchísimos cabos sin atar, pero todos acababan en puertos vacíos, en acantilados o desiertos perdidos. Ninguna pista tenía bases sólidas, contundentes, evidencias o al menos conjeturas sostenibles. La otra enfermedad de Salinas —esa con la que había aprendido no solo a vivir, sino a disfrutar de la vida— hacía vibrar sus sienes cambiando la expresión de su rostro. Sangre, confesiones y sufrimiento. Salinas necesitaba y no iba a tener. Salinas llevaba mucho tiempo inactivo y había dado con un hueso duro de roer justo en el momento en el que más necesitaba quebrar huesos y comer lo de dentro… Salinas estaba a punto de perder la razón y eso era algo que Salinas no podía permitirse.
 Y entonces tomó una tremenda decisión.
Con su gabardina negra cuello en alto salió en dirección al centro de Madrid. Rastreó a los guardaespaldas de Esperanza —a los policías y a los privados que sólo conocen unos pocos— y los fue dejando fuera de servicio uno por uno, sin dejar rastro. Esperanza estaba plácidamente dormida en una ostentosa queen size, la habitación en penumbras. Estaba sola, respiraba nerviosa, inspiraba más de una vez por cada exhalación, se movía como a saltos. Salinas la observaba también nervioso. Difícil contener la necesidad, imposible y ineludible deseo. Sacó uno de sus cuchillos, el preferido; la hoja debía medir algo más que un dedo, hecho a mano, bruñido y pulido minuciosamente, con esmero.
El tiempo perdió sentido mientras rozaba los rubios cabellos de la víctima, millones de pulsaciones, una tras otra, cadentes, decadentes, eternas… y por fin clavó el cuchillo.
* * *
Por la mañana en la mesa de noche de Esperanza había una nota. Una pequeña daga la unía a la mesita de roble. Decía:
 «Estoy cerca, muy cerca. Tarde o temprano te mostrarás como eres y estaré allí para que sufras por ello. S.».
 Esperanza sonrió al ver la nota, y dijo a secretaria personal.
—¿Ves? Lo estoy haciendo de puta madre, ¿cree que me va a acojonar? Ja ja ja —estalló con risa maléfica—. Por cierto, despediremos a los privados y contrataremos a otros mejores, con los polis no hay nada que hacer, es lo que tienen los funcionarios, inútiles…

* * *

Salinas desapareció con la bruma de la mañana después de presenciar la escena. La semilla estaba echada, ahora sólo albergaba la esperanza que da el terror. Los ojos de Esperanza eran el terror personificado y Salinas sintió que acababa de comenzar un nuevo capítulo en su vida. A veces el terror es mejor que el dolor, solo es cuestión de saber administrar la violencia según sea necesario.

Pernando Gaztelu

sábado, 9 de mayo de 2015

OTRO FINAL


Cerró los ojos apoyado en la puerta de la cabina. Ya no había vuelta atrás, al contrario, comenzaba el capítulo que había estado esperando durante toda la vida .
Años y años atesorando odio en su interior para poder darle salida en ese momento.
Oyó al comandante llamando a la puerta , primero suavemente y después con mas insistencia. El rumbo estaba marcado , los Alpes le llamaban como blancas promesas , por fin tendría sentido su vida.
Pero algo cambió en el último instante, cogió el timón y lo elevó con toda la fuerza de la ira, no sería el quien generara un nuevo ciclo de odio .
En el avión los pasajeros cabecean ajenos a la batalla mientras Los Alpes se alejan y poco a poco se abre un claro entre las nubes

lunes, 4 de mayo de 2015

GLORIA SIN PODER - (Mª Pilar Beorlegui Bariain)




En aquella mañana de mayo de 1926, de vuelta del mercado hacia casa Chu-Li oye un par de detonaciones no muy lejos y se detiene azorada. Al punto cae desplomada junto a ella una paloma que lleva inserta en una pata un papel enrollado en una cinta azul. Mira adelante y atrás, a izquierda y derecha y no ve a nadie. Con el corazón en un puño  desata  a toda prisa el cordón y toma el papel. Calle abajo, dos guardias de gris con estrella roja le gritan haciendo señas para que se detenga. Ella, olvidando la cesta con verduras y frutas huye despavorida. Se introduce por un estrecho callejón corriendo desaforadamente hasta que una puerta se abre sigilosamente y alguien le señala:” por aquí”. Penetra en una oscura estancia. Sus ojos buscan a través de la oscuridad la voz que, de momento, parece estar de su favor, aunque el miedo no la abandona. Un candil de tenue resplandor le muestra la silueta de un hombre de unos treinta años, esbelto y de una altura prominente. Este, con el dedo en los labios a modo de “silencio”, agita una mano con ademán de que le siga. Obedece y los dos caminan por un pasillo oscuro que desemboca en una escalera desgastada. Una vez abajo, hay una especie de corral y al fondo otra puerta estrecha. Antes de llegar a ella, el hombre toma a la joven por un brazo y la lleva junto a una ventana estrecha donde se cuela la luz del sol.
-      Por favor, ¿me entrega el mensaje? Yo soy su destinatario.
La voz es grave. Por la forma de hablar, quien lo hace no es chino, aunque conoce el idioma a la perfección. Sus ojos son azules y el cabello rubio oscuro. Su boca define unos labios finos que dibujan una débil sonrisa. Perpleja ante tal aparición y no menos por la petición del extraño, exclama:
-¿Y por qué tengo que creer que es Ud. el destinatario?
- Si lo abre, verá que va dirigido a Philippe Ducroix, que soy yo.
Chu-li despliega el rollo y constata que, efectivamente, no está escrito en chino, y que hay una palabra, que no conoce, pero que debe indicar el nombre que ha escuchado. Aun y todo se resiste y no suelta el papel.
-      Eso no prueba que sea suyo, y Ud. puede utilizar mi desconocimiento para aprovecharse de mí, que me he jugado la vida.
-      ¿Y por qué lo ha hecho, si a Ud. no le incumbe? ¿Ha escapado del Ejército Rojo para nada? ¿De qué bando está Ud., de los nacionalistas o de los comunistas? Está claro, que si huye de la estrella roja Ud. está a favor de los nacionales, es decir, de Chiang Kai-shek.
-      Eso no es cierto; debe de saber que yo tomé parte en el levantamiento de la
-      “Cosecha de Otoño”, dirigida por Mao Zedong…
-      ¿Me puede explicar entonces por qué escapa de sus partidarios?
-      ¿Qué sabe Ud. de China? ¿Acaso piensa que en esta provincia de Cantón,  aquí en Shantou somos únicamente de un bando? ¿Y Ud., qué está haciendo aquí, a qué ha venido exactamente, no es un espía ruso?
-      Se equivoca. Soy un ciudadano francés, y no he venido a favorecer a ninguno de los dos bandos.
-      Entonces, ¿quién y por qué le envían mensajes secretos?
Philippe, quien a partir del inicio del interrogatorio había mantenido firmeza y cierta arrogancia, se entristece y confiesa:
-      Verá, mi padre está preso en Wuhan, acusado de infiltrarse y ser espía de los nacionalistas. Me temo que vayan a ejecutarlo si no demuestro que no lo es.
-      ¿Lo es? ¿Lo sois? ¿Qué sois realmente, por qué estáis aquí?
-      ¿Nosotros? ¡Somos panaderos! Sólo hemos venido a enseñar  unas recetas exclusivas de unas variedades francesas de pan, solicitadas por el gobierno ruso.
-      ¡El gobierno ruso! Ellos juegan con los dos bandos, y sólo buscan beneficiarse de unos y de otros –Chu-li muestra sus dientes y entrecierra los ojos.
-      Tienes razón. No conozco tu nombre …
-      Me llamo Chu-Li
-      Está bien, Chu-Li. Pero no comprendo cómo te irrita el hecho de que os aliéis unos y otros con los soviéticos, a pesar de sus supuestos intereses, y entre vosotros entabléis una guerra civil, cuando ambos tenéis un enemigo común, que es el nipón…
-      ¡Ah, ya entiendo ahora: vosotros, tanto los americanos como muchos europeos estáis en contra de los japoneses, y por eso aprobaríais que combatiéramos contra ellos ¿no?
-      No es así. Las guerras no debieran de existir.
-      Ya, pero existen los intereses. Mira, por ejemplo, los colonialismos, que son fruto del egoísmo y ambición desmedida. ¿Qué sabes tú de la necesidad y del hambre? Yo no te he dicho aún de qué bando estoy, pero cuando escasea el alimento y ves a otros enriquecerse con los bienes del pueblo apoyas cualquier revuelta en nombre de la justicia.
Philippe observa el rostro revolucionado de la joven. La crispación es patente, pero aún así advierte que es bonita y que a pesar de su juventud conoce las carencias que oprimen a gran parte del pueblo chino. Callan un instante y abandonan todo apasionamiento defendiendo posturas.
-      No sé qué decir –rompe Philippe el silencio- No sé si hicimos bien o mal viniendo aquí mi padre y yo. Obedecimos a nuestro entusiasmo por dar a conocer nuestras novedades y extender así un producto que amamos, que es el pan. No teníamos otro interés. Ahora me veo en esta grave situación y sólo deseo recuperar a mi padre. Los panaderos rusos que nos hicieron venir no han logrado convencer a los mandatarios comunistas de que no es un espía. ¡No sé qué puedo hacer!
-      Es complicado, si. Aunque… quizás…
-      Quizás ¿qué? Podrías tú hacer algo? ¿Conoces a algún mandatario relevante?
-      Podría ser – responde cerrando los ojos con cierta mueca de desagrado.
-      ¿Quién es?
-      Es un general muy amigo de Mao Zedong. Hace tiempo que viene proponiéndome salir con él, pero nunca me ha agradado. Es un tipo brutal y mujeriego y por eso le he rechazado siempre. Pero admito que él sí podría conseguir la libertad de tu padre si…
Philippe está perplejo. Cuando se repone de la sorpresa exclama:
-¡No puedo consentirlo! No, no así Chu-li.
-¿Conoces otro modo?
- ¿Y por qué te sacrificarías por mí, que soy un extraño?
- Porque tú también lo has hecho por mí, abriéndome la puerta.
- Sí, pero yo también lo he hecho para recoger el mensaje.
-Ya, y porque tienes una razón importante, que es la vida de tu padre. No sois culpables del contencioso de nuestra tierra, y es preciso actuar con urgencia. Intentaré que me escuche Zhu De, el general de quien te hablo.
- No quiero riesgos para ti ni para los tuyos.
- Esta es nuestra tierra, aunque no somos dueños de nada, sino de la fatalidad a la que nos arrastran los poderes. Sólo quien tiene necesidad es capaz de apostar, porque no tiene mucho que perder. Y ahora me voy.
Otea con precaución la calle que está solitaria y silenciosa. Sale sigilosamente y desaparece calle abajo. Philippe se queda contemplando la grácil figura que se esfuma como una exhalación. Luego se queda absorto con el mensaje en la mano que relee con más atención. Lo firma Yuri, un ruso que le informa que su padre se encuentra bien, pero temen vaya a ser ejecutado cualquier día. Luego rememora la mirada dulce y penetrante de Chu Li. Unos ojos oscuros dentro de un rostro redondo de marfil, con una boca casi infantil, y un cabello azabache y liso cayendo en cascada sobre sus hombros…
Es mediodía. Luego cae la tarde y por fin llega la noche. No sabe por qué, pero se siente sumamente azorado. Apenas ha probado bocado y tan sólo toma te y frutas. Son las diez de la noche y no siente sueño. Ling, la dueña de la casa y que hace las veces de asistenta, le invita amablemente a sentarse con ella. Los dos hablan del acontecimiento ocurrido. Ella trata de serenarle y de que no pierda la esperanza. Hacia las once se despiden y cada uno va a su habitación con deseo de entregarse al sueño. Este se resiste dentro de la persona de Philippe, hasta que pasado un tiempo prolongado pierde la noción y duerme exhausto. Sin embargo, dos horas más tarde, unos golpes en la puerta lo sobresaltan. A continuación escucha la voz de Ling.
-      ¡Señor Philippe! ¡Levántese, por favor, que preguntan por Ud!
Efectivamente, se viste a toda prisa y baja. Hay dos guardias rojos que, para su asombro, se cuadran ante él y lo saludan.
-      Sentimos interrumpir su sueño, señor, pero tenemos órdenes del general Zhu De para que comparezca con la mayor celeridad.
Montan los tres dentro de un vehículo y se dirigen ante la comisaría del ala comunista. Una vez allí, se introducen hasta la sala donde les aguarda un militar de unos 35 años, corpulento, de rasgos endurecidos y mirada semicerrada que sonríe socarronamente.
-      Chu Li me ha comentado que su padre se halla en prisión en Wuhan, y parece ser que ha habido un malentendido, porque Udes. sólo pretenden fabricar pan ¿no es así?
-      Efectivamente, señor. Somos ajenos al contencioso que se vive aquí en China.
-      Entonces, si es excarcelado ¿no tendrán impedimento para marcharse de aquí para no volver?
-      ¡Por supuesto que no! ¿Van a liberarlo?
- Lo haremos esta mañana. Mis hombres le acompañarán hasta la ciudad, pero esta misma tarde tomarán el barco que les llevará fuera de China ¿me ha comprendido?
- Claro –responde Philippe un tanto sorprendido por la prisa de su interlocutor. ¿Puedo al menos disponer de una hora para recoger mi equipaje?
-Sólo una. Que tengan un feliz regreso.
A modo de despedida le muestra la puerta para luego entregarse a sus papeles.
 Salen. Luego todo es una sucesión tal como ha sido planteada en la oficina. Recoge el equipaje, se despide de la casera a quien promete escribir. El coche lo conduce nuevamente hasta la ciudad de Wuhan y de allí directamente ante la prisión. Espera en una sala hasta que aparece su padre, demacrado, con marcadas ojeras pero con una sonrisa que expresa la mayor alegría y emoción. Encuentro entrañable y abrazo interminable. Comen en una posada humilde y dos horas más tarde los dos guardias, que no se han separado de ellos, los acompañan al puerto con los pasajes. Se introducen en el barco hasta que la sirena da la señal de partida. Philippe murmura: “Adios, China. Adios, Chu Li. Muchas gracias por todo. ¿Cómo lo has hecho?.

Ya en Francia, padre e hijo retoman su vida. La panadería es su mundo y parece que el recuerdo de la prisión se restaña. Pero no es así en cuanto la memoria de Philippe le devuelve los negros ojos, las palabras apasionadas de Chu Li y finalmente su mirada derrotada en el momento de tomar la drástica decisión. Realmente, le debe mucho a esta chica. Pero hay algo más, algo que no puede borrar. Su imagen no se empaña, como debiera suceder, teniendo en cuenta la enorme distancia y lo culturalmente opuestos que son. Ya escribió a la señora Ling, pero no ha tenido respuesta. Han pasado diez meses.
Pero hoy si, hoy el cartero ha depositado una carta con matasellos chino. Es Ling. Abre inmediatamente la carta y lee:
“Estimado Sr. Philippe: me alegra mucho que su padre y Ud. se encuentren bien y hayan recuperado la normalidad y placer de un trabajo tan hermoso como debe ser el suyo. No pueden imaginarse la suerte que tienen de disfrutar del bienestar de poder ganarse la vida sin las agitaciones que padecemos aquí en China, sufriendo mil precariedades y una desconfianza sin límite por parte de ambos bandos e incluso por parte de nuestros propios vecinos. Me pregunta por la señorita Chu Li y tengo que contestarle que la desafortunada, cuando sus padres supieron de su embarazo la echaron de casa y ha estado sirviendo en casa de un dignatario de la ciudad. Dicen que se  vio al general Zhu De frecuentándola al poco de irse Ud., pero cuando éste supo que esperaba un hijo pidió traslado a otra región y ya no quiso saber de ella. El miserable pronto la olvidó para ir tras jovencitas de físico agraciado. Chu li ha sido madre de un hermoso niño de rasgos semejantes a ella y muy sano. Conozco a la familia a quien sirve y puedo asegurar que es discreta y bondadosa. ¿Desea algún recado para esta joven? Creo que estaría encantada de tener alguna noticia sobre Ud, pues pocas alegrías conoce, fuera del niño al que quiere con locura.
Espero su carta hasta una próxima ocasión. Suya: Ling.”
Philippe lee y relee la carta de Ling. No sale de su perplejidad imaginando la desventura y al mismo tiempo la ventura de la pobre Chu Li. ¡Y pensar que todo lo acontecido ha sido debido a la salvación de su padre y la de él! Pero sobre todo porque no ha podido desarraigar su pensamiento ni el  sentimiento que lleva dentro de él. La quiere. La quiere, si. ¿Cómo es posible? Pues lo es. Ni la distancia, ni la cultura, ni el bienestar que ahora goza en su París natal, con sus masas, panes, bollerías y un entorno afable de clientela de barrio han podido desechar ni olvidar esa carita redonda con esos ojos penetrantes y cautivadores. Sí, es preciso responder a la gentil Ling. Y lo hace así:
“Muchas gracias, encantadora Ling. Sólo voy a decirle a Ud. y quiero que así lo transmita a Chu Li lo que sigue: Volveré; y lo haré cuanto antes”. Philippe.

Y, efectivamente. Al cabo de seis meses, Philippe regresó.  Pero antes, visitó la embajada china en París afirmando que el hijo de Chu Li era suyo, y que pensaba contraer matrimonio con la madre. En dicha embajada le respondieron que, de estar de acuerdo la madre no era obstáculo celebrar dicho matrimonio. Por lo tanto, obtendría un visado de un mes para viajar a China. Así lo hizo, y se personó en casa de Ling, quien lo recibió alborozada. Más tarde le condujo a la morada donde Chu Li trabajaba. Entraron y allí estaban la madre y el niño- Cuando ésta lo vió se quedó muda ante la sorpresa. Philippe la tomó suavemente de la mano y le dijo:
-      Es un niño francamente hermoso. He venido porque deseo casarme contigo. He alegado que el niño es mío. Lo haríamos por el rito chino, y dentro de un mes por el rito cristiano-católico, que es el mío. Dispongo de un mes. ¿Qué respondes?
Chu Li queda estupefacta. Finalmente dice:
-      Sr. Philippe, estoy sumamente confundida. Su propuesta es muy generosa, pero apenas le conozco, y me apenaría mucho abandonar mi tierra…
-      Aunque vinierais a Francia, conservaríais la nacionalidad china. Viviríamos en París y yo te enseñaría el oficio de la panadería. Es cierto que nos conocemos muy poco, pero a mí me ha bastado esta corta pero singular experiencia contigo para asegurarte que si me aceptas seré un hombre feliz y prometo hacer cuanto sea necesario para que tú también lo seas. Además, vendremos a este lugar todos los años.
Chu Li. Sonríe y toda su carita se ilumina. Philippe la besa suavemente.
Y así sucede. Se casan por el rito chino, y al mes siguiente, al regreso,  Philippe muestra a la nueva esposa cual es su nuevo hogar y la  vida que le espera. Celebran asimismo la boda cristiana, con gran regocijo del padre de Philippe, quien no cesa de alabar a la nueva hija y queda entusiasmado con el retoño chino.
Chu Li queda nuevamente embarazada. Será una niña. Con un cutis claro, rubia y de ojos tan azules como los de su padre.
Y así, de año en año se les ve a los cuatro emprender viaje rumbo a China. Llegan cada víspera del Año Nuevo Chino a casa de Ling, quien les aguarda como una madre. Sí, porque, en una fiesta tan especial, sobre todo los dos niños, disfrutan sobremanera montando en un carro atiborrado de paja y encima de ésta van depositadas  varias cestas con panes para llevarlas como presentes a la plaza mayor del pueblo y repartirlos a todos los lugareños. Con este gesto se rememora el primer encuentro y el motivo que unió a Philippe y a Chu Li con la paloma, porque cada pan esconde un mensaje de paz y felicidad, la que ahora goza nuestra pareja.
(Esta es la foto que muestra el mes de marzo la fotografía de Taberna)
FIN

Esperanza

Salinas tocó fondo. Llevaba varias semanas luchando contra una enfermedad demencial que amenazaba con transformarse en crónica. Antes había superado un cáncer y el alcoholismo, pero esto era algo peor y amenazaba con destrozar su vida para siempre. Salinas estaba a punto de transformarse en un zombie, un autómata. El que una vez fuera un héroe —al menos en su interior— ahora estaba siendo derrotado por la rutina.

El recuento de horas daba negativo se mirase como se mirase. Salinas era un hombre culto, deportista y creativo. Todo eso había desaparecido en ocho, tal vez diez semanas. No había tiempo para leer, hacer deporte y menos para escribir teatro o música, sus grandes pasiones hasta entonces. Estaba absorto, imbuido en una mezcolanza de trabajo, familia, amigos y quehaceres sociales que no tenían ni pies ni cabeza pero que implicaban en su conjunto veinticuatro horas al día, contando el necesario sueño para acompañar largas y vacías jornadas, una tras otra, aportando nada y poco a la salud mental del pobre hombre.

Y entonces apareció Esperanza.

Llevaba tiempo sin verla, probablemente porque él la evitaba. Esperanza es de esas mujeres que vale la pena evitar. Tiene poderes y no son, digámoslo así, nada saludables para la mayoría de las personas.

Salinas conocía a Esperanza desde hacía muchos años, habían coincidido en alguna administración, en un club, en varios sitios. Un hola qué tal, algunas reuniones coincidiendo con más gente como ella o como él, pero poco más. Una relación limpia y suficientemente distante. La relación era lo único distante. Salinas sabía mucho más de Esperanza de lo que ella pensaba. Conocía sus trapos sucios, esos que más de un contrincante habría pagado millones por conocer, sabía hasta sus oscuros secretos personales, sabía todo eso porque ella había sido uno de sus primeros objetivos de caza, aquellos para con los que nunca tuvo las agallas (o la preparación necesaria) para arremeter y darles el merecido premio —ya imagináis a qué eterno premio me refiero.

No lo había hecho porque apuntar tan alto suele ser apuntar a morir, y Salinas era demasiado inteligente como para comenzar una caza que no podría acabar. Pero ahora todo era diferente. Llevaba en su haber unos cuantos ajusticiados y podía permitirse «estudiar el caso» con algo más de detenimiento. De todos modos era justo lo que necesitaba, volver a ponerse manos a la obra. Leer, hacer deporte, escribir algo. ¿Qué mejor que hacer un poco de inteligencia a Esperanza para volver a ganar confianza en sí mismo?

Cualquier cosa habría sido mejor.

Las miles de horas invertidas investigando directa e indirectamente a la maldita señora fueron un infierno. Salinas no sólo había perdido el ritmo de trabajo, sino que había escogido a la víctima más escurridiza, inteligente y bien preparada que jamás hubiera pensado. Subestimó a Esperanza creyendo conocerla y resultó que sólo conocía a la Esperanza de hacía doce años, aquella mujer con más empuje y carácter que otra cosa. La contrincante contra la que luchaba ahora conocía cada pequeño escondrijo en el sistema y manejaba un nivel de información tal, que más que aliados, tenía súbditos en su propio partido. Es más, Salinas llegó en pocas semanas a la conclusión de que ella ya no formaba parte del partido al que decía pertenecer, ella era una «mercenaria» luchando para un grupo con el que ya tenía poco que ver. Aún así, las apariencias la hacían defensora del bien y de los intereses comunes con el grupo democrático al que decía pertenecer, para guardar las apariencias.

Noches oscuras, infiltrados de su entorno (¡incluso familiares suyos!), soplones, mucho frío y nada, ni una mísera mancha que pudiera evidenciar claramente el perverso plan de la víctima de tanta investigación. ¿Cómo era posible que no hubiera nada de nada donde había existido todo de todo? ¿Se habría transformado en una política legal?

Salinas no salía de su asombro y su corazón justiciero no daba crédito de lo que sus investigaciones sacaban a la luz. No era que Esperanza fuera una persona normal, había muchos, muchísimos cabos sin atar, pero todos acababan en puertos vacíos, en acantilados y desiertos perdidos. Ninguna pista tenía bases sólidas, contundentes, evidencias o al menos conjeturas sostenibles. La otra enfermedad de Salinas —esa que le acompañaba desde hacía unos años y con la que había aprendido no solo a vivir, sino a disfrutar de la vida— hacía temblar sus sienes pulsando las venas que marcan esa expresiva parte de su rostro. Sangre, confesiones y sufrimiento. Salinas necesitaba y no iba a tener. Salinas llevaba mucho tiempo inactivo y había dado con un hueso duro de roer justo en el momento en el que más necesitaba quebrar huesos y comer lo de dentro… Salinas estaba por perder la razón y eso era algo que Salinas no podía permitirse.

Y entonces tomó una tremenda decisión.

Se colocó su gabardina negra, con el cuello en alto y salió en dirección al centro de Madrid. Rastreó a los guardaespaldas de Esperanza —a los policías que pagan todos y a los privados que sólo conocen unos pocos— y los fue dejando fuera de servicio uno por uno, sin dejar rastro. Esperanza estaba plácidamente dormida en ostentosa cama, su habitación estaba levemente iluminada. Estaba sola en el lecho, respiraba nerviosa, inspiraba más de una vez por cada exhalación, se movía como a saltos. Salinas la observaba también nervioso. Difícil contener el momento, la necesidad de, imposible pero posible a la vez. Sacó entonces uno de sus cuchillos preferido. La hoja no medía más de lo que mide un dedo medio, hecho a mano, bruñido y pulido a mano por él mismo. Se acercó lentamente a Esperanza, rozó con su mano los rubios cabellos de la víctima y clavó el cuchillo.

A la mañana el servicio encontró en la mesa de noche de Esperanza una nota. Estaba unida al roble por una pequeña daga que la traspasaba. La nota decía:

«Te sigo los pasos, tarde o temprano te mostrarás como eres y estaré allí para que sufras por ello. S.».

Esperanza sonrió al ver la nota, y dijo a su mano derecha.
—¿Ves? Lo estoy haciendo de puta madre, ¿cree este que me va a acojonar? Ja ja ja —estalló con risa maléfica—. Por cierto, despediremos a los privados y contrataremos a otros mejores, con los polis no hay nada que hacer, es lo que tienen los funcionarios…  


Pernando Gaztelu